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Miércoles 27 de Mayo, 2026 86 vistas

El gobierno de las dudas

Por Pablo Vela
El presidente Yamandú Orsi llegó al poder proyectando cercanía, moderación y sentido común. Su discurso buscó diferenciarse de la confrontación permanente y del tono rígido de otros liderazgos. Sin embargo, con el correr de los meses, comenzó a aparecer un problema más profundo que un simple error de comunicación: la sensación de que detrás de muchas declaraciones hay dudas, contradicciones e incoherencias difíciles de disimular. No se trata de exigir perfección. Gobernar implica corregir, negociar y adaptarse. 
El problema aparece cuando las vacilaciones dejan de parecer prudencia y empiezan a transmitir incertidumbre, hablando en criollo, no se entiende nada, parece despistado el hombre. Por ejemplo, un presidente puede cambiar de opinión, como cualquier hijo de vecino; lo que no puede hacer es dar la impresión de no tener una posición clara sobre temas centrales. En varios discursos, Orsi intenta conformar a todos al mismo tiempo. 
Habla para los sectores más moderados, pero también para las bases ideológicas más duras de su fuerza política. Busca mostrarse responsable ante el mercado y cercano a las demandas sindicales. Defiende la institucionalidad, aunque evita confrontar con los sectores más radicales del oficialismo cuando estos cuestionan decisiones incómodas. El resultado es un mensaje ambiguo que muchas veces termina diciendo poco. La contradicción permanente desgasta. Porque la ciudadanía no solo escucha palabras: evalúa convicción. Y cuando un líder parece dudar demasiado, la percepción pública cambia rápidamente. Lo que al principio puede verse como humildad o cautela termina transformándose en falta de firmeza. Orsi además enfrenta una dificultad adicional: su estilo político está construido sobre la empatía y la cercanía, pero gobernar exige también ejercer autoridad. No alcanza con caer bien. 
Hay momentos en los que un presidente debe asumir costos, fijar límites y sostener decisiones incluso cuando generan incomodidad dentro de su propia coalición. Allí es donde aparecen las mayores tensiones de su discurso. En política, las incoherencias rara vez pasan desapercibidas. Cuando un gobierno promete una cosa y luego relativiza sus propias afirmaciones, el problema no es solamente comunicacional: es político. La confianza pública depende en gran parte de la claridad. Y la claridad requiere definiciones concretas, incluso a riesgo de perder apoyos. 
El desafío de Orsi no parece ser la falta de capacidad para dialogar, sino el exceso de cálculo para evitar conflictos internos. Pero gobernar intentando no molestar a nadie suele terminar en el peor escenario: decepcionar a todos un poco. Tal vez todavía esté a tiempo de corregir esa imagen. La ciudadanía suele tolerar errores; lo que castiga con dureza es la sensación de improvisación. Porque un país puede aceptar decisiones difíciles, pero difícilmente siga a un liderazgo que transmite dudas cada vez que debe marcar rumbo. Está a tiempo Yamandú, también Carlos.