Por el Padre Martín Ponce De León
En diversas oportunidades he manifestado que la fe es un regalo que Dios hace a quien quiere y cuando quiere. La fe no es un algo que nosotros podemos obsequiar a quien queramos. Por más empeño que pongamos jamás habremos de lograr que alguien llegue, por nuestra acción, a la fe. Podremos ayudar a despertar una inquietud. Podremos ayudar a que alguien se disponga a estar abierto a ella.
La fe es una experiencia de encuentro personal con Dios. La fe no es un conjunto de verdades que se conocen. La fe no es un conjunto de prácticas que se realizan.
La fe no es un grupo de verdades que se proclaman. La fe es una experiencia de encuentro que se hace estilo de vida.
Para realizar una broma ante una expresión dije que me habían comentado que a un determinado lugar estaba llegando gente que había adquirido “el virus de la fe” transmitido por la Iglesia. Yo para cuestionar el hecho de que la Iglesia transmitiera la fe. De allí surgió el tema que derivó en un interesante intercambio. Ese cuento lo formulé en una eucaristía y una persona presente salió a defender la fe porque “considerarla un virus era un verdadero disparate”.
¡Qué bueno sería que la fe fuese como un virus! Algo con el que pudiésemos contagiar a otra persona. Algo con lo que nos sintiésemos transformados radicalmente. Algo con lo que pudiésemos apasionar a otra persona. Algo que pudiésemos trasmitir sin mucho esfuerzo. Sería, tal vez, la forma más sencilla de contagiar fe a nuestro alrededor.
Por más que sabemos que el mundo de hoy está lleno de reactivos contra la fe.
El no complicarnos la vida. El considerar que podemos hacer nuestra historia prescindiendo de Dios. El creciente materialismo que nos invade y penetra por los poros sin que nos demos cuenta. ¡Ese sí que es “un virus” poderoso!
El individualismo que nos impide mirar a los demás como una responsabilidad y un desafío. Esa costumbre que se suele tener de estar esperando algo a cambio de lo que se brinda.
Sin duda que la fe no es “un virus”. Sin duda que la fe es un regalo de Dios para que nuestra vida posea un sentido completamente distinto.
Sin duda que la fe no nos facilita las cosas, sino que “nos las complica” porque nos pide el vivir lo que Cristo y como Cristo.
De ser un virus lo nuestro sería como un gran juego de la mancha.
Cuantos más seres contagiados, mejor sería nuestra tarea.
Pero nosotros no podemos contagiar a nadie nuestra fe. Podemos disfrutarla y vivirla.
Podemos apasionarnos por ella y hacerla intento de estilo de vida.
Lo que está a nuestro alcance es despertar una inquietud. Lo nuestro es ser como ese fermento que actúa sin que nadie lo solicita.
Es demostrarnos y demostrar que se puede.
Es ser portadores de una muy buena noticia para todos.
Muchas veces hemos vivido la fe sin saber darle la verdadera dimensión que, como regalo, posee.
Si tuviésemos más conciencia de lo que implica la fe como regalo seríamos mucho más felices de poderla disfrutar y vivir.
Sucede que, muchas veces, nos hemos creído que la fe es algo así como una gran póliza de seguro.
La fe no nos quita nada de nuestra condición de seres humanos, pero nos hace experimentar un encuentro personal con Dios que nos transforma e impulsa.
La fe no es un virus sino un hermoso regalo con el que Dios, en su inmenso amor por nosotros, nos ha querido privilegiar.
Lunes 27 de Julio, 2026 136 vistas