Por el Padre Martín Ponce De León.
Para poder buscar a Dios debemos ejercitarnos en aprender a mirar en horizontal, por más que, nos parezca, debemos mirar en vertical.
Soy producto de una cultura donde mirar a Dios era un privilegio que poseían algunos privilegiados a los que llamaban “Santos”. Eran seres especiales que lograban, por bondad de Dios y colaboración individual, moverse dentro de unos códigos que los hacían muy diversos a la gran mayoría de los mortales.
Sus vidas eran una serie de acciones o actitudes que los distinguían, notoriamente, del resto. Parecía, habían nacido para ser santos, y, muchas veces, sus arrebatos místicos, los alejaban o distinguían de la mayoría de sus contemporáneos.
Era un tiempo donde, la Iglesia católica, no se prestaba mucha atención a la Sagrada Escritura, para limitarse a momentos de la “Historia Sagrada” Con el Concilio Vaticano II se pasó a tomar, profundizar y prestar atención a La Biblia (Es un algo que debemos agradecer a los hermanos de otras iglesias que, tenían ya, un camino recorrido junto a La Biblia)
Es, en ese acontecimiento, donde comienzan a darse muchos cambios que, sin lugar a dudas, nos ayudan en nuestra vivencia cristiana. Uno de esos cambios es afirmar que todos estamos llamados a la santidad puesto que ello es nuestra misión como bautizados.
Otro de esos cambios es poder experimentar que estamos llamados a descubrir a Dios desde una mirada horizontal y no pretenderlo hacerlo, únicamente, desde una mirada vertical.
Cuando miramos en horizontal nos encontramos con las miradas de otros ojos. De muy diversas miradas en las que debemos saber descubrir la presencia de Dios.
Mirando a los ojos a los demás nos podemos encontrar con varias y muy diversas miradas. Es, dese sus ojos, como muchas veces se comunican con nosotros sin necesidad de palabras.
Hay miradas que brillan desbordantes de felicidad. Hay miradas huidizas colmadas de temores o frustraciones. Hay miradas que piden un abrazo de cariño y otras que piden un abrazo desde su soledad. Hay miradas que manifiestan incomodidad y otras que dicen de aceptación y cercanía.
Hay miradas que no pueden ocultar su miedo y otras que manifiestan confianza. Hay miradas que no pueden ocultar su dolor y otras que destilan cansancio. Hay miradas que transmiten ternura y hay otras que infunden miedo. Hay miradas que inspiran confianza y otras que ponen distancias.
Ante esa realidad de tantas y diversas miradas, es que debemos aprender a ver a Dios entre nosotros mirándonos.
En oportunidades alentándonos a continuar en el intento, en oportunidades ayudándonos a corregir actitudes. Hay veces que su mirada nos llena de gozo y otras en que su mirada nos hace tomar conciencia. No faltan las veces en que su mirada es un llamado de atención y otras en la que lo suyo es un aplauso.
Pero, siempre, su mirada, desde los ojos de los demás, es amor y cercanía y ello nos invita a intentar ser mejores como personas. Así como debemos ver su presencia desde la mirada de los demás, debemos saber que nuestra respuesta a Él llega desde nuestro trato con los demás.
“Nadie puede decir que ama a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve”
Necesitamos ejercitarnos en una mirada vertical que nos ayuda a descubrir a Dios que nos mira, siempre, con amor.
Lunes 09 de Marzo, 2026 253 vistas