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Jueves 30 de Abril, 2026 53 vistas

Fotografías antiguas de Salto: Los carnavales de antaño en Salto

Por Cary de los Santos Guibert 
ENTRE SERPENTINAS Y CARRUAJES
Cómo decía Arturo Aníbal Gagliardi: «Todos los años se repite la misma sentencia: este Carnaval fue peor que nunca». Y así, entre nostalgias y comparaciones, la fiesta ha transitado más de un siglo con altibajos. Hubo épocas donde brillaron los bailes de salón y otras en que los corsos dominaron la escena. Pero si retrocedemos a fines del siglo XIX, encontramos un Carnaval vibrante, participativo y profundamente social. Entre las calles Uruguay y Daymán, de plaza a plaza, desfilaban carruajes repletos de señoritas de la alta sociedad, luciendo fantasías o elegantes atuendos. Desde allí volaban serpentinas y papel picado en animadas batallas donde los caballeros rivalizaban en puntería. Las comparsas —como «Los Dominó Rosa», «Los Negros Misteriosos» o «Los Marinos Uruguayos»— daban color y ritmo, encabezadas muchas veces por la banda «Siamo Diversi».
BAILES Y COMPARSAS
Por las noches, los clubes sociales —Casino Social Uruguayo, Los Vascos Industriales o La Unión Artesanos— ofrecían bailes refinados con lanceros, valses y mazurcas. En paralelo, los sectores populares encontraban su espacio en salones y en el Teatro Larrañaga. Con el tiempo, nuevas comparsas y conjuntos humorísticos enriquecieron el Carnaval, mientras las murgas irrumpían ya en el siglo XX con su identidad propia.
DEL PROTAGONISMO AL ESPECTÁCULO
Con los años, el espíritu participativo comenzó a diluirse. Donde antes todos eran actores, poco a poco el público pasó a ser espectador. Los corsos languidecieron y la fiesta se transformó.
UN EPISODIO REVELADOR (1892)
No faltaron tensiones. En el Carnaval de 1892, en medio de un clima anticlerical, un individuo gritó frente a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen: «¡abajo los clericales!». Aunque fue identificado por el comisario presente, no hubo intervención. 
El hecho, repetido varias veces, quedó como reflejo de una época donde el Carnaval también era espacio de expresión y conflicto.