Por el Padre Martín Ponce De León
Estaba al tanto de algunas zancadillas que la salud se había empeñado en hacerle a su vida. Con mayor o menor velocidad respondía a ello, pero, parecería, algunos raspones iban quedando en su cuerpo.
Un cuerpo que, a primera vista, desbordaba salud, por más que uno se diera cuenta que sus muchos kilos no eran una lectura. Esos kilos le hacían sufrir los veranos, por más que los transpirara en abundancia.
Con nitidez le recuerdo en las mañanas del comedor, preparando la comida, sentado debajo de uno de los ventiladores de techo instalados en el comedor.
Sufría el calor, pero, mucho más, disfrutaba de poder darnos una mano cocinando para la gente de la “mesa compartida”
No le alcanzaba con ayudar en la cocina, sino que siempre dedicaba buen tiempo a la preparación de alguna extra. Pizzas, hamburguesas, fainá, pastel de carne o alguna otra cosa eran parte de la comida y ello delataba su presencia.
Muchas veces no nos acompañaba en la comida porque, como “abuelo” debía ir a buscar a una de sus nietas a unos cursos extras que, a más de la escuela, realizaba.
Sabía disfrutar de la cocina casi tanto como de la solidaridad, por ello su integrar uno de los movimientos sociales de la ciudad. La jubilación le permitió tener más tiempo para ambas cosas.
Supo encontrar en la “Mesa compartida” un espacio para ambas cosas y, desde allí, nos acompañó durante muchísimo tiempo. Siempre disponible y servicial.
Pero, también, nos acompañaba, todos los sábados en las eucaristías vespertinas. Iba temprano para participar de “la previa” donde compartíamos anécdotas y recuerdos.
Muchísimas fueron las veces que nos habló de su pueblo y de su familia. Ambas realidades eran motivo de su orgullo y lo hacía saber en sus relatos o en sus recuerdos.
Últimamente, su vida se fue colmando de complicaciones de salud hasta el día de hoy en que dejó de sufrir. Supongo esto ha de ser un pequeño motivo de consuelo para su familia.
Quienes hemos tenido la suerte de compartir muchos momentos con él, podemos tener la seguridad de haber sido bendecidos con un inmenso regalo de Dios.
Era una persona que sabía hacerse querer por su cercanía y disponibilidad. Sabía darse sorprendiendo con su entrega y generosidad.
Solía sentarse, siempre, en el mismo lugar en el templo. Fuera solo o acompañado por su esposa o su hija. Ese lugar, los sábados de tarde, era el suyo y nadie se lo ocupaba.
Hoy, al enterarme de su partida física, lo primero que se me ocurrió fue darle gracias a Dios por haberlo puesto en el camino de la vida de la parroquia y, luego pedir fortaleza para su familia puesto que, sin lugar a dudas, lo van a extrañar.
Ha sido uno de esos seres que supo llenar sus manos de solidaridad manifestada de muchas maneras y, por lo tanto, uno de esos seres que muchos recordarán con gratitud y simpatía.
No habré de poner más detalles sobre su vida ya que no le haría ninguna gracia lo hiciera y, porque llegué a conocerlo, sé que no debo hacer algo que incomodase o molestase. Aprendí a estimarlo, valorarlo y respetarlo.
Concluyo este artículo, aún impactado por su fallecimiento deseando Dios le conceda la paz eterna y el premio a todo lo que hizo por otros.
Sábado 05 de Septiembre, 2026 59 vistas