Por Carlos Silva
Hay días que quedan grabados en la memoria de un pueblo. No por las obras que se inauguran ni por las noticias que generan orgullo, sino porque nos enfrentan, de golpe, con nuestra propia fragilidad. El temporal que azotó a Salto nos dejó imágenes que tardaremos en olvidar, árboles derribados, viviendas dañadas, calles intransitables, familias enteras intentando recuperar lo que el viento desparramó en apenas unos minutos. Y, por encima de todo, el inmenso dolor por la pérdida de una vida, frente al cual solo cabe el respeto y acompañamiento a sus seres queridos.
Pero cuando las ráfagas comenzaron a calmarse y el ruido del viento dio paso al de las motosierras, las sirenas y el trabajo incansable, apareció otra imagen. Una mucho más poderosa. La de un pueblo que decidió levantarse desde el primer momento.Porque el viento fue capaz de arrancar techos, de derribar árboles, de cortar la energía eléctrica y afectar seriamente a muchos productores. Pero hubo algo que no pudo llevarse. No pudo llevarse la solidaridad.
Apareció en el vecino que abrió la puerta de su casa para recibir a otra familia. En quien prestó una motosierra, una escalera o un vehículo para colaborar. En quienes prepararon un plato de comida, ofrecieron abrigo o simplemente estuvieron presentes para dar una palabra de aliento.
Quiero hacer un reconocimiento especial a los cientos de funcionarios de la Intendencia de Salto que, desde la madrugada y durante jornadas interminables, trabajaron con un compromiso admirable para atender cada situación. Muchos de ellos dejaron sus propias preocupaciones familiares para ir al encuentro de quienes más los necesitaban. Ese compromiso también estuvo presente en Bomberos, Policía, Ejército Nacional, UTE, OSE, el SINAE, los equipos de salud y tantas instituciones que actuaron coordinadamente, demostrando que el servicio público encuentra su mayor sentido cuando la gente atraviesa momentos difíciles.
Los Salteños conocemos de desafíos. Nuestra historia está marcada por inundaciones, crisis y dificultades que parecían imposibles de superar. Sin embargo, una y otra vez demostramos que existe una fortaleza que ninguna adversidad logra quebrar. No nace de los recursos materiales ni de la infraestructura. Nace de los valores que compartimos y de la convicción de que nadie sale adelante solo.
Dentro de algunos días los árboles caídos habrán sido retirados, los techos serán reparados y la rutina volverá a ocupar el lugar que hoy tiene la emergencia. El tiempo irá borrando las marcas visibles que dejó esta tormenta.Ojalá que no borre las otras.
Ojalá que permanezca el recuerdo de las manos que se tendieron sin preguntar a quién ayudaban. Del funcionario que siguió trabajando cuando ya no le quedaban fuerzas. Del vecino que dejó de lado sus propias urgencias para ocuparse de las de otro. De las instituciones que entendieron que, antes que cualquier diferencia, estaba el bienestar de la gente.
Mientras esa solidaridad, ese compromiso y esa capacidad de unirnos sigan siendo parte de nuestra identidad, no habrá tormenta capaz de derrotarnos. Como tantas veces a lo largo de nuestra historia, Salto volverá a ponerse de pie. Y cuando miremos hacia atrás, quizás comprendamos que, aun en medio de la adversidad, también supimos descubrir lo mejor de nosotros mismos.
Porque, al final, las ciudades no se sostienen solamente por el hormigón de sus calles o por los ladrillos de sus edificios. Se sostienen por los valores de quienes las habitan.
Y eso fue, precisamente, lo que el viento NO se llevó.
Miércoles 22 de Julio, 2026 107 vistas