Por el Padre Martín Ponce De León
Todo comenzó con un “Se podría hacer un Vía Crucis” Era una aspiración que, con muy poco, se podía hacer realidad. Poco tiempo después había comenzado a circular un texto base que podía ser utilizado, corregido y modificado. Aquella aspiración comenzaba a tener forma y podía servir, esa forma, como un inicio que la hiciese realidad.
Tiempo después ya había un lugar, una fecha y un horario para su realización. Mientras tanto fueron puliéndose algunos detalles y buscando el material necesario para su realización.
Había dejado de ser una aspiración para pasar a ser una posibilidad concreta.
Así se llegó a la fecha y a la hora establecida. Las sillas estaban disponibles y los materiales que se habrían utilizar dispuestos en los lugares asignados.
Un rato antes de la hora establecida, fueron apareciendo aquellas personas dispuestas a participar. Las jóvenes que habrían de animar con sus cantos hacía un buen tiempo que ensayaban las canciones que se habrían de utilizar.
El clima presentaba su mejor ofrecimiento, nada podía impedir que todo sirviese para disfrutar del mismo. No hacía calor abundante ni estaba demasiado fresco. La temperatura no incomodaba para permitir permanecer sentados el tiempo que fuese necesario. Al comienzo, para despejar dudas o temores, una brisa notoria se hacía sentir, pero, la misma, poco a poco se fue apagando para permitir todo fuese dentro de un clima de serenidad y oración.
Fueron surgiendo momentos para la reflexión y la oración. Fueron apareciendo momentos para signos y gestos. Lo que, en las conversaciones previas, podía ser visto como una actividad que ocupase tiempo, se resolvía con agilidad y recogimiento.
Al comienzo se nos había invitado a mirar la cruz de Jesús y cada momento no era otra cosa que un mirar a la misma desde algún ángulo distinto. Desde nuestros miedos, desde nuestras falsas seguridades, desde nuestro dejarnos influir por verdades a medias, desde nuestro individualismo o desde nuestras distancias con los demás.
Cuando tenemos la oportunidad de mirar la cruz de Jesús no podemos dejar de mirar al amor que, desde ella, se llega hasta nosotros. Resulta imposible no ver, en ella, un profundo grito de amor que conmueve y cuestiona y ello se nos ayudó a encontrar con notoriedad y profundidad.
En un determinado momento, las luces del lugar, se encendieron para ayudar, un algo más, a la concentración y el silencio. El atardecer comenzaba a dar paso a las primeras y últimas horas de la tardecita. El recogimiento de aquel grupo humano había impedido se sintiese el paso del tiempo durante la celebración.
Sin lugar a dudas se habían utilizado muchas horas en la previa y, ahora, todo estaba llegando a su fin y el tiempo había transcurrido de prisa, dejando una sensación de brevedad y cortedad. Tal vez se pueda decir que había sido el tiempo justo como para no permitir la incomodidad o lo demasiado prolongado.
Todo se había prestado para que el momento distinto que se propuso resultase aprovechable y disfrutable. Lugar, clima y propuesta ayudó a vivir un momento de oración, serenidad recogimiento. Todo ayudó a sumergirnos en una propuesta distinta y cuestionadora.
Lo que comenzó siendo una sugerencia se transformó en una posibilidad y concluyó siendo una hermosa y disfrutable realidad.
Fue una oración al atardecer para concluir siendo una luminosa jornada donde el amor de la cruz de Jesús brilló prolongando la jornada colmando al cielo de brillante luna.
Sábado 21 de Marzo, 2026 181 vistas