Por el Dr. Pablo Vela
Hay una realidad que los salteños no podemos seguir naturalizando: la inseguridad no se mide solamente por la cantidad de delitos que ocurren, por las rapiñas, los hurtos o la violencia que aparece diariamente en las noticias. Hay otra forma de inseguridad que se instala cuando se pierde el respeto por la autoridad, por las normas y, en definitiva, por los demás.
Estamos viendo con demasiada frecuencia situaciones que deberían llamarnos profundamente la atención. Personas que desafían a la Policía, que insultan o amenazan a un funcionario público, conductores que se niegan a detenerse ante un inspector de tránsito, motociclistas que evaden controles poniendo en riesgo la vida de quienes están trabajando y de quienes circulan por la vía pública.
Las normas no existen para molestar al ciudadano que cumple. Existen para protegerlo.
Un semáforo que se respeta evita un accidente. Un límite de velocidad puede salvar una vida. Un casco puede evitar una tragedia. Un control de alcoholemia puede impedir que una persona alcoholizada termine matando a alguien. Y un policía o un inspector que hace cumplir esas normas no es un enemigo: está cumpliendo una responsabilidad que beneficia a toda la sociedad.
Por eso preocupa tanto la pérdida de respeto hacia quienes tienen la responsabilidad de hacer cumplir las reglas.
Podemos discutir los procedimientos. Podemos reclamar mejores controles. Podemos exigir que las autoridades sean eficientes, transparentes y responsables. Podemos cuestionar una multa o presentar una denuncia cuando consideramos que un funcionario actuó incorrectamente.
Porque si cada ciudadano decide qué norma cumple y cuál no, dejamos de vivir en una sociedad organizada y comenzamos a vivir bajo la ley del más fuerte.
La inseguridad también es salir a la calle y no saber si el conductor que viene detrás respetará un semáforo. Es ver motociclistas circulando a velocidades peligrosas. Es observar vehículos sin las condiciones mínimas de seguridad.
El problema no es solamente la autoridad. El problema somos nosotros como sociedad cuando dejamos de reconocer límites.
Y también necesitamos recuperar la idea de que cumplir la ley no es de “tontos”.
Eso debe cambiar.
Las autoridades tienen una responsabilidad enorme. La Policía debe contar con respaldo y herramientas para actuar. Los inspectores municipales deben poder trabajar con seguridad. La Justicia debe responder cuando existen agresiones o desacatos. Y el Estado debe garantizar que quien cumple su función pública no quede expuesto y solo frente a quienes deciden enfrentarlo.
Pero la sociedad también tiene una responsabilidad.
No podemos reclamar seguridad mientras justificamos al conocido que conduce alcoholizado. No podemos pedir respeto por nuestros hijos mientras insultamos a un inspector delante de ellos. No podemos reclamar autoridad mientras enseñamos que las normas solamente deben cumplirse cuando nos convienen.
Salto no necesita solamente más patrulleros, más inspectores o más controles (aunque seguramente los necesita). También necesita recuperar autoridad, educación, límites y sentido de comunidad.
Y quizás ese sea uno de los mayores desafíos que tenemos por delante: recuperar el respeto.
Respeto por la autoridad, sí.
Pero, sobre todo, respeto por la vida, por las normas, por el vecino.
Porque cuando una sociedad pierde el respeto por sus reglas, tarde o temprano termina perdiendo también el respeto por las personas.
Y eso también es inseguridad.
Miércoles 12 de Agosto, 2026 263 vistas