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Domingo 21 de Junio, 2026 161 vistas

La excursión

Por el Dr. César Suárez
En cualquier persona que ha vivido lo suficiente le quedan marcas en su memoria, señales indelebles que persisten vivos por más que trascurra el tiempo, acontecimientos que marcan un antes y un después y que han contribuido a pensar, a construir y armar la historia personal e instalar mojones de referencia en la personalidad de cada uno que van marcando la forma de ser, la forma de ver, la forma de actuar, la forma de relacionarse con el entorno y con los demás.
Nadie nace con la estructura emocional y conductual de lo que después va a ser, las circunstancias de la vida son un cincel que irán modulando cada personalidad por más que juega su papel el material genético sobre el que se construye esa personalidad, pero cada individuo tiene su historia que de ninguna manera es ajena a su conducta de hoy.
Yo me ha dado cuenta en el correr de mi vida que no soy ni peor ni mejor que nadie, soy simplemente lo que soy producto de mi historia personal, simplemente la consecuencia de esos mojones instalados en mi memoria que construyeron mi historia de lo que he interpretado en su momento como logros o fracasos.
Cada uno de esos acontecimientos pueden tener una interpretación muy diferente en la percepción de cada uno, pero a mí en este instante me viene a la memoria uno de esos mojones de mi edad escolar de hace un montón de décadas que generó un impacto emocional gigantesco y que duró una sola jornada, unas pocas horas pero que se quedó para siempre.
No recuerdo exactamente el año, pero fue por la década de los sesenta, las maestras de la escuela rural a la que yo concurría, organizaron una excursión escolar a Montevideo donde yo nunca había ido hasta ese momento. El ómnibus en el que fuimos, hoy día no sería apto ni para trasladar encomiendas, pero eran otras épocas.
Montevideo quedaba poco más de cien kilómetros desde la escuela, así y todo, demoramos 4 horas en llegar, salimos a las 6 de la mañana y llegamos sobre las 10 al zoológico de Villa Dolores, visitamos las jaulas de los animales y lo más que recuerdo fue la conducta de los monos haciendo macacadas, luego fuimos a un salón con espejos que generaban imágenes distorsionadas de notros mismos que nos causaba mucha gracia, después entramos en el planetario municipal para ver el cielo, estrellas y constelaciones, todo con gran emoción, rato después no llevaron al Parque Rodó para consumir nuestras viandas y donde Enseñanza Primaria había coordinado para que usáramos unos juegos por un ratito, habían pasado 3 horas desde nuestra llegada a la capital pero con tanta imagen inédita acumulada en nuestras retinas, parecía muchísimo más. Después salimos a hacer un tour por los lugares emblemáticos de la ciudad para terminar en el aeropuerto de Carrasco y la enorme emoción de ver aviones en la tierra, en vivo y en directo, los mismos que yo veía desde mi casa, pero volando a gran altura donde se los percibía chiquitos y difícil de imaginar que ahí adentro viajaran personas.
Ya, sobre las cinco de la tarde, arrancamos de regreso porque la distancia en la percepción de la época, era larga y el transporte muy lento y ya de noche bajé en mi casa con una emoción infinita, mi percepción de ese otro mundo me había impactado de tal forma que ha quedado en mí, como un mojón imborrable en campo de mi memoria, al día siguiente ya no era el mismo, había conocido a Montevideo.