Por Rodrigo Lagreca
En Salto se siente que las cosas no están fáciles. Se nota en el comercio del centro, en la feria, en los que viven del campo y de la frontera: vender cuesta más, y el trabajo no sobra. En esos momentos, cualquier novedad que aparece se mira con desconfianza, y la inteligencia artificial no es la excepción. Para muchos es una palabra que viene de afuera, de las grandes empresas, de Buenos Aires o Montevideo, algo reservado para el que ya tiene plata, estudios o un negocio grande. La sensación es que es una herramienta más para los que ya estaban cómodos, y una amenaza más para los que no.
Quiero contar algo distinto. Pensemos en alguien que tiene un puesto en la feria, de esos que se llenan de gente los sábados pero donde las ventas vienen flojas desde hace meses. Sin plata para invertir en publicidad, sin tiempo para aprender programas complicados, esa persona empieza a usar, desde el mismo celular que ya tiene, una aplicación gratuita de inteligencia artificial para escribir mejor los mensajes que manda a sus clientes por WhatsApp, para armar un cartel con los precios de la semana, para pensar qué publicar para que la gente se entere de una oferta. No le cambió la vida de un día para el otro, pero le ordenó el negocio y le ahorró horas que antes perdía escribiendo y borrando textos, o pidiéndole a un sobrino que le arme un cartel.
Ese es el punto que me importa señalar: no hizo falta capital, ni un curso, ni conocer a nadie en Montevideo. Hizo falta el celular que ya tenía guardado en el bolsillo y la voluntad de probar algo nuevo. La inteligencia artificial, hoy, no le pertenece al que más tiene. Le pertenece al que la usa.
Esto no quiere decir que sea magia, ni que alcance con apretar un botón. Como toda herramienta, exige aprender a manejarla, y exige también criterio para no creerle todo lo que dice ni delegarle decisiones que requieren el ojo de quien conoce su propio oficio. El que mejor sabe de citricultura, de ganado o de comercio de frontera sigue siendo el que lleva años en eso, no la máquina. La inteligencia artificial no viene a sacarle el mérito a nadie: viene a sumarse a la lista de herramientas que el salteño siempre supo incorporar a su trabajo sin perder lo propio, como en su momento el tractor en el campo o la calculadora en el mostrador.
Tampoco hay que esperar que resuelva lo que no depende de ella. Si hay menos venta es porque hay menos plata circulando, y eso no lo arregla ninguna aplicación. Pero en un contexto así, cualquier ventaja cuenta, y la diferencia entre el que prueba y el que no prueba puede ser justamente la que decida si este año se sostiene el negocio o no.
Cuando hablamos de inteligencia artificial en Salto, conviene sacarla del lugar de la novedad lejana y devolverla al lugar de lo cotidiano: una herramienta más, gratuita en su forma más simple, disponible en el mismo teléfono que cualquiera ya tiene en la mano. No decide quién gana, pero nivela un poco el terreno para el que se anima a usarla. En tiempos flacos, esa diferencia no es poca cosa.