Por Pablo Vela
Ser buena gente no es un gesto heroico ni una pose moral: es una forma silenciosa de estar en el mundo. No hace ruido, no da titulares, pero deja huella. Y quizá ahí esté lo más importante: en la imagen que dejamos en los demás cuando ya no estamos en la misma habitación, en la misma tribuna, en el mismo bar, en la misma conversación o, algún día, en la vida.
Vivimos obsesionados con la imagen pública, con cómo nos ven en redes, con la foto correcta y la opinión adecuada. Pero hay otra imagen que no se edita ni se publica: la que se queda en la memoria ajena. Esa que aparece cuando alguien dice nuestro nombre y, sin pensarlo mucho, sonríe o cambia de tema.
Ser buena gente tiene menos que ver con ser perfecto y más con ser decente. Con escuchar cuando nadie aplaude, con no aprovecharse del error ajeno, con tratar bien incluso cuando no hay testigos. Es llegar a casa con la conciencia tranquila porque, aun con fallos, no pisoteamos a nadie para sentirnos un poco más altos.
Al final, casi todo se olvida: los logros, los cargos, las discusiones que parecían urgentes. Lo que permanece es como hicimos sentir a los demás. Si fuimos un alivio o una carga. Si sumamos o restamos. Si fuimos de los que complican la vida o de los que la hacen un poco más llevadera.
Dejar buena imagen no es marketing personal, es legado emocional. Es que alguien diga "no estaba de acuerdo con él, pero era buena persona". Es que nos recuerden por la calma, por la honestidad, por la capacidad de pedir perdón. Es que, cuando no estemos, no quede un silencio incómodo, sino una gratitud sencilla.
Tal vez no podamos controlar como nos recordarán todos. Pero sí podemos decidir como tratamos hoy a quien tenemos delante o a quienes por nuestros actos directa o indirectamente incidimos en sus vidas. Y eso, aunque parezca pequeño, es enorme. Porque ser buena gente no cambia el mundo de golpe, pero cambia muchos mundos pequeños. Y a veces, con eso, basta.