Por Carlos Silva
Hace apenas unos días los uruguayos recordamos un nuevo aniversario del nacimiento de José Gervasio Artigas. Como ocurre cada 19 de junio, las escuelas se llenaron de banderas, los niños prometieron fidelidad a la enseña patria y volvimos a escuchar hablar de quien fue el principal referente de nuestra nacionalidad.
Desde hace algunos años, además, esa misma fecha se ha transformado también en el Día de los Abuelos. Puede parecer una coincidencia del calendario, pero quizás haya algo más profundo detrás de esa unión. Porque si hay una palabra que conecta a Artigas con nuestros abuelos, esa palabra es legado.
La mayoría de nosotros conoció a sus abuelos mucho antes de comprender quién fue Artigas. Los recordamos por sus consejos, por sus historias, por las enseñanzas que nos dejaron casi sin darse cuenta. Muchas veces no fueron grandes discursos ni lecciones elaboradas, fueron ejemplos, formas de vivir, hábitos y valores, que aprendimos observándolos mucho más que escuchándolos.
Los abuelos pertenecen a una generación que entendía de esfuerzos largos. A una generación acostumbrada a trabajar sin horarios, a cuidar lo que tenía, a valorar la palabra empeñada y a comprender que las cosas importantes no llegaban de un día para otro. Vivieron tiempos difíciles, atravesaron crisis, conocieron carencias y, aun así, encontraron la manera de construir familias, comunidades e instituciones que hoy siguen formando parte de nuestra vida.
Con Artigas ocurre algo parecido. Han pasado más de dos siglos desde su nacimiento y, sin embargo, seguimos recurriendo a sus ideas cuando hablamos de libertad, de justicia, de igualdad de oportunidades o de defensa de los más humildes. No porque haya dejado respuestas para todos los problemas, sino porque dejó principios. Y los principios tienen la virtud de atravesar el tiempo.
Quizás esa sea la enseñanza más importante que comparten los próceres y los abuelos. Ninguno piensa solamente en el presente. Ambos construyen para quienes vendrán después.
Los abuelos plantan árboles cuya sombra muchas veces no llegarán a disfrutar plenamente. Educan hijos y nietos pensando en un futuro que pertenece a otros. Invierten tiempo, afecto y esfuerzo en generaciones que continuarán el camino cuando ellos ya no estén.
Algo similar hicieron quienes construyeron nuestra nación. Soñaron un país que no llegarían a conocer tal como sería. Apostaron a valores y principios que debían trascender sus propias vidas.
Vivimos en una época donde con frecuencia se privilegia lo inmediato. Todo parece medirse en resultados rápidos, en beneficios instantáneos o en recompensas de corto plazo. Sin embargo, las cosas verdaderamente importantes siguen necesitando tiempo. Una familia, una comunidad, una institución o un país se construyen generación tras generación.
Por eso quizás valga la pena detenernos un momento a pensar en quienes estuvieron antes que nosotros. En los que nos enseñaron con el ejemplo. En los que dejaron huellas que todavía seguimos recorriendo. En los que comprendieron que el verdadero valor de una obra no está solamente en lo que consigue para uno mismo, sino en lo que deja para los demás.
Cada 19 de junio recordamos a Artigas. Y cada 19 de junio celebramos también a nuestros abuelos. Tal vez no sea casualidad. Porque al final de cuentas, tanto los próceres como los abuelos nos recuerdan la misma verdad: somos parte de una historia que empezó mucho antes de nosotros y tenemos la responsabilidad de dejar algo valioso para quienes vendrán después.
Miércoles 24 de Junio, 2026 277 vistas