Por Carlos Silva
En tiempos donde muchas veces parece que solamente tienen lugar quienes gritan más fuerte, existe una enorme mayoría silenciosa que sigue sosteniendo todos los días a nuestra sociedad. Personas comunes, sencillas, trabajadoras, que rara vez ocupan titulares o generan debates en redes sociales, pero que son las que verdaderamente mantienen en pie a un país.
Son los que se levantan temprano para trabajar. Los comerciantes que hacen esfuerzos enormes para mantener abiertas sus puertas. Los funcionarios que cumplen silenciosamente con su tarea. Los padres y madres que intentan educar a sus hijos con valores en un mundo cada vez más difícil. Los jubilados que estiran su ingreso hasta donde pueden. Los jóvenes que estudian y se esfuerzan aun cuando muchas veces sienten incertidumbre sobre el futuro. Ellos son los que nunca hacen ruido.
Y quizás por eso muchas veces quedan invisibilizados en medio de una sociedad acelerada, cargada de enojo, de confrontación y de discusiones permanentes. Vivimos tiempos donde pareciera que todo pasa por la polémica, por la agresividad o por el impacto inmediato. Pero mientras tanto, lejos de las cámaras y de las redes, hay miles de uruguayos que siguen apostando al trabajo, al esfuerzo y a la convivencia.
Sin embargo, también es cierto que esa mayoría silenciosa empieza a mostrar señales de cansancio. Hay preocupación por la situación económica, por la inseguridad, por la pérdida de oportunidades y por una sensación general de incertidumbre que lentamente se fue instalando en la sociedad.
Y cuando la gente empieza a perder esperanza, eso también se refleja en la mirada que tiene sobre quienes gobiernan. Hoy el gobierno nacional encabezado por el Frente Amplio atraviesa un momento de creciente desaprobación pública. Las encuestas lo muestran, pero también se percibe en la calle, en las conversaciones cotidianas y en el humor social de mucha gente que siente distancia entre los discursos y los problemas reales de todos los días.
Porque al final del camino, la gente no espera milagros. Espera cercanía. Espera sensibilidad. Espera sentir que alguien comprende lo que pasa en el barrio, en el comercio, en la familia y en la vida cotidiana.
Tal vez uno de los mayores errores de la política moderna haya sido dejar de mirar a esa enorme mayoría silenciosa que nunca pide demasiado, que nunca corta una calle, que nunca hace escándalo, pero que todos los días sostiene al país con esfuerzo y dignidad.
Uruguay siempre fue fuerte gracias a esa gente. Gracias a quienes entienden el valor del trabajo, del respeto y de la convivencia. Gracias a quienes siguen creyendo que vale la pena hacer las cosas bien aunque nadie los aplauda.
Y quizás este sea un buen momento para volver a valorar justamente eso. Para reconocer a quienes nunca hacen ruido, pero siempre están. A quienes no viven del enfrentamiento permanente ni de la agresión. A quienes todavía creen en la palabra, en la solidaridad y en la importancia de pensar también en el otro.
Porque muchas veces el futuro de un país no depende solamente de los gobiernos. Depende también de la calidad humana de su gente. Y mientras exista esa mayoría silenciosa, trabajadora y honesta, entonces todavía habrá motivos para tener esperanza.
Miércoles 20 de Mayo, 2026 101 vistas