Por Pablo Vela
En los últimos días, en la escena local, apareció la declaración de quien fuera la persona más votada dentro del Partido Colorado en las últimas elecciones internas y candidato a intendente por la Coalición Republicana (aportando casi un 30 % del caudal de votos de mayo de 2025), declarando expresamente su malestar por su falta de participación en la conducción del gobierno de Salto.
Lo que expone vuelve a poner sobre la mesa una palabra incómoda pero inevitable: traición. No en el sentido épico que tanto gusta invocar, sino en su versión más doméstica y repetida: acuerdos por detrás, silencios oportunos, lealtades que duran lo que conviene. Lo de Albisu, De Brum y Coutinho no sorprende tanto por lo que hicieron como por lo previsible del movimiento. En política, muchas veces la traición no es una excepción: es parte del método.
Lo curioso es cómo se reacciona después. Aparece entonces el desfile de declaraciones “responsables”, donde nadie dice exactamente lo que piensa, pero todos intentan quedar bien con algún público. Se invoca la unidad, se habla de proyectos, se esquivan nombres propios. Es el reino de lo políticamente correcto: ese lenguaje que no incomoda, que no arriesga, que no deja marcas. Un idioma que, de tan pulido, termina siendo vacío.
Y ahí es donde algunos quedamos afuera, por elección, no por descuido. Porque francamente, cansa. Cansa ese cuidado extremo por no molestar a nadie. Si hubo traiciones, hubo. Si hubo acuerdos poco claros, también. Nombrarlos no debería ser un acto de rebeldía, sino de honestidad básica porque hablamos del Estado, hablamos de los bienes públicos, los bienes de todos.
Quizás el problema de fondo es ese: se espera que todos juguemos el mismo juego de eufemismos, como si decir las cosas de frente fuera una falta de educación en lugar de una virtud escasa. Pero no. A algunos no nos interesa sostener esa ficción. No nos interesa simular sorpresa ante lo obvio ni indignación ante lo que forma parte de la lógica habitual del poder.
La carta de Malaquina, entonces, vale menos por lo que denuncia (que, mayormente son cosas que ya sabíamos) y más por lo que provoca: la oportunidad de correr el velo, aunque sea un poco. El problema es que, del otro lado, la respuesta sigue siendo la de siempre: frases cuidadas, gestos medidos, y una incomodidad evidente frente a cualquier intento de romper el libreto.
Tal vez el verdadero gesto disruptivo, hoy, no sea escribir una carta ni responderla. Tal vez sea algo mucho más simple y, a la vez, más difícil: decir lo que realmente se piensa sin pedir permiso ni calcular el costo en simpatías. Lo demás: las formas, las cautelas, las declaraciones impecables, podrá ser útil para sobrevivir en política, pero no para la población, no es favorable para la gente que espera hechos, obras, trabajo.
Miércoles 29 de Abril, 2026 525 vistas