Por el Padre Martín Ponce De León
Debía atravesar la plaza para poder cumplir con una solicitud que me habían formulado.
Me detuve, un instante, para observar la reconstrucción que estaban realizando en el centro de la misma. Estaba mirando cuando escuché una voz que me llamaba. Vi a un joven que se levantaba de un banco para dirigirse a mi encuentro. Le dije que iba en esa dirección y volvió a sentarse y esperarme.
Nos saludamos y comenzamos a conversar. No sé cómo surgió el tema, pero, cuando quise darme cuenta, estábamos repasando lugares de ayer.
Me preguntó hacia dónde me dirigía y, luego de escuchar mi respuesta, me dijo que ese lugar siempre había sido ocupado por quienes, ahora, lo ocupan.
Le expliqué que años antes, allí, vivía una familia y que había sido compañero de estudio de uno de los hijos de dicha familia y que, muchas veces había ido a ese lugar a jugar.
Fue, más o menos de esa forma, que comenzamos a conversar sobre diversos lugares que ya han dejado de ser lo que, en mi tiempo, era.
No hablábamos de lugares del Salto colonial, sino de lugares existentes hace unos (varios) años atrás. Con cara de sorpresa escuchaba mis relatos y, a todos, manifestó su desconocimiento.
“Allí donde hoy hay una locomotora estacionada ¿era, antes, la estación de trenes?” Le contesté que yo lo había conocido como un mercado y, según creo, la estación de trenes siempre había estado en el lugar que hoy se encuentra. “Y ¿qué hace esa locomotora en ese lugar? Traté de explicarle la importancia de esa antigua locomotora, su importancia y la razón por su presencia en un museo.
Le contaba cómo era el mercado y, mientras lo hacía, trataba de recordar algún apellido de los poseedores de algún puesto. Solamente vino a mi memoria el apellido Palacios que era uno de los carniceros de dicho lugar.
Le hablé de “Ferretería Solaro”, “Nelca Radio” “Sorocabana”. Eran, cada uno de ellos, lugares no muy antiguos, pero ninguno de ellos le resultaba conocido. Poco a poco me fui sintiendo un dinosaurio conversando con un joven de hoy.
Ello me dejó preocupado puesto que, muchísimas veces, he escuchado que un pueblo sin memoria carece de futuro. No porque no supiese de esos lugares sino, porque no le interesaba conocer algo de la memoria de la ciudad. Para él lo único importante es lo actual y por los lugares por donde suele andar desde su condición de estar en la calle.
Me vino a la memoria el encuentro tenido con una persona que me dijo debía recuperar la memoria de lo que eran los desfiles del “Festival de las Naciones” y le dije nunca se me había ocurrido escribir sobre tal acontecimiento.
He leído, en varias oportunidades, notas en este diario sobre momentos o personajes de la historia del departamento. Claro, esas notas no llegan a formar parte de la memoria de la persona de mi encuentro puesto que, muy difícilmente, lea un diario.
Sin duda que la memoria de un pueblo no puede limitarse a quienes han tenido el privilegio de haber vivido en determinado tiempo, sino que, debería ser parte de un relato que se comparte y transmite.
Lo mismo ha de suceder con personajes que hicieron, por su presencia y actividad, trozos de la historia de la ciudad. No podemos quedarnos sin memoria puesto que ella debe ser parte de lo que hoy somos.
Es preferible quedar o sentirnos un dinosaurio, que desconocer u ocultar nuestra memoria. Está en cada uno de nosotros hacer algo para que no se pierda.
Lunes 23 de Marzo, 2026 169 vistas