Por Pablo Vela
Hay una línea fina, casi invisible, entre la rebeldía que se canta y la comodidad que se negocia. Y en Salto, por estos días, esa línea parece haberse borrado con la misma facilidad con la que algunos cambian de discurso según la silla que ocupan.
Porque mientras algunos ya instalados en el poder repiten que toda marcha “dentro de lo previsto”, otros (los que aspiran a llegar) ensayan indignaciones cuidadosamente calculadas, con timing de campaña y memoria selectiva para cuidar al intendente que falta a su palabra, por ahora, esperando el llamado para salir moviendo el rabo a buscar el alimento balanceado.
La política local tiene ese aire de recital que empezó contestatario, pero terminó siendo un espectáculo previsible: las mismas caras, los mismos acordes, los mismos gestos sobreactuados. Cambian los micrófonos, no el guion. Y lo curioso es que tanto los que gobiernan como los que quieren gobernar parecen cantar la misma canción, solo que en distinta tonalidad.
Los que ya están acomodados hablan de estabilidad como si fuera una virtud en sí misma, aunque esa estabilidad muchas veces se parezca más a la inercia que al progreso. Desde sus lugares, invitan a no “romper lo que funciona”, aunque a esta altura cueste encontrar a quién le funciona realmente.
“Puede que no sea el vino, puede que no sea el postre…”, pero algo no cierra. Porque la discusión pública se parece cada vez más a un juego de espejos donde todos critican lo que, en el fondo, están dispuestos a hacer apenas cambien de lugar, así ocurre hoy en día: ingresos a granel, pago de favores, conduce quien Salto no eligió.
Salto no es ajeno a esa lógica. Es, quizás, un escenario donde se vuelve más evidente. Donde las diferencias ideológicas se diluyen frente a la cercanía del poder concreto: cargos, contratos, influencias.
Y mientras tanto, afuera del recinto, lejos de los discursos afinados, la gente sigue esperando algo más que letras conocidas. Tal vez una canción nueva. O al menos una versión honesta.
Pero por ahora, el show continúa. Y como en esos recitales donde el público ya sabe cada palabra, lo único que cambia es quién sostiene el micrófono.
Porque alcahuetes con tiempo libre sobran, loros para repetir lo que le ordenen también y perros para mover el rabo, abundan.
Miércoles 06 de Mayo, 2026 242 vistas