Por Carlos Silva
Ser Presidente de la República es, seguramente, el mayor honor al que puede aspirar quien dedica parte de su vida a la actividad pública. Pero ganar una elección, recibir la banda presidencial y ocupar el principal lugar institucional del país no alcanza. El voto otorga legítimamente el poder, después comienza una tarea mucho más difícil, ejercerlo. Y para ejercerlo hay que transmitir conducción, conocimiento, confianza y autoridad.
En los últimos tiempos, algunas apariciones públicas del presidente Yamandú Orsi han vuelto a poner este asunto sobre la mesa. No por un error puntual, porque todos podemos equivocarnos, sino por una sucesión de intervenciones que muchas veces dejan más dudas que certezas.
No pretendo exigirle perfección a un Presidente. Sería absurdo. Pero sí creo que debemos exigirle preparación. Porque cuando habla el Presidente de la República no habla un dirigente político más. Cada palabra suya representa al País y compromete a su gobierno.
Muchas de las dificultades que enfrenta Orsi en materia de comunicación no nacen únicamente de la oposición. Algunas se generan dentro de su propio gobierno o incluso desde su propia fuerza política. Aparecen declaraciones, contradicciones y explicaciones posteriores que terminan exponiendo más al Presidente.A veces pareciera que el enemigo está demasiado cerca. Y quizás lo más llamativo es que, ni siquiera quienes están a su alrededor parecen cuidarlo.
Y entonces comienza a instalarse una pregunta que ningún gobierno debería permitir que los ciudadanos se hicieran: ¿quién manda?, ¿Manda Yamandú Orsi?, ¿Manda Fernando Pereira desde la conducción del Frente Amplio?, ¿Manda Alejandro “Pacha” Sánchez desde la Secretaría de Presidencia?, ¿O cuánto de las decisiones y del rumbo cotidiano pasa por el prosecretario Jorge Díaz?
Un Presidente debe escuchar. Debe rodearse de gente capaz. Debe aceptar opiniones diferentes e incluso cambiar de posición cuando los argumentos lo convencen. Nada de eso debilita a un gobernante. Al contrario. Lo que genera debilidad es que desde afuera comience a percibirse que otros hablan más, explican más, corrigen más o parecen marcar el rumbo. Y allí la comparación con Luis Lacalle Pou resulta inevitable.
Seguramente Lacalle Pou cometió errores durante sus cinco años de gobierno. Él mismo ha reconocido varios. También recibió críticas, enfrentó momentos difíciles y tuvo que administrar una coalición integrada por partidos y dirigentes con pensamientos diferentes.Pero hubo algo que prácticamente nunca estuvo en discusión, todos sabíamos quién era el Presidente.
Cuando había una crisis, aparecía. Cuando había una decisión difícil, la explicaba. Cuando enfrentaba una conferencia de prensa, generalmente demostraba conocer el tema sobre el que estaba hablando. Podíamos estar de acuerdo o en desacuerdo con sus respuestas, pero había una conducción presidencial claramente identificable. Y esa diferencia no es menor.
Hace pocas semanas, durante la celebración de los 190 años del Partido Nacional, Lacalle Pou volvió sobre una distinción que considero fundamental en política: una cosa es tener poder y otra muy distinta es construir autoridad. El poder lo entregan las urnas. La autoridad se gana.
La ciudadanía ya hizo su parte. Eligió democráticamente a Yamandú Orsi y le otorgó el poder para gobernar durante cinco años. Esa legitimidad no está ni puede estar en discusión. Pero la banda presidencial no trae autoridad incorporada. La autoridad se construye todos los días, con decisiones, preparación, liderazgo, presencia y también con la palabra.
Porque llegar a ser Presidente depende de los votos, pero también hay que demostrarlo.
Miércoles 02 de Septiembre, 2026 58 vistas