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Lunes 07 de Septiembre, 2026 40 vistas

Tus manos, María

Por el Padre Martín Ponce De León
María, me resulta casi imposible no detenerme a contemplar la realidad de tus manos. Para ello no necesito deber contemplar alguna imagen o alguna pintura. Simplemente debo imaginarte y mi mente se pierde en la contemplación de tus manos.
Podrá, cualquiera, detenerse a contemplar diversos aspectos de tu realidad, pero, para mí me resulta imposible no detenerme en la elocuencia de tus manos.
Las figuras me las han mostrado, desde la imaginación de sus autores, en diversas posturas, pero siempre he podido ver en ellas una grandeza que detiene mi mirada y deja volar mi imaginación.
Tus manos son grandes, pero no son toscas. Son grandes porque hablan de ti antes de que puedas pronunciar palabra alguna. Tus manos son grandes porque no se guardan para sí sino que siempre están disponibles para darse.
Parecería, tus manos no saben de reposo ni de quietud. Están en una constante y variada actividad.
Fueron cuna que cobijaron a tu hijo. Fueron regaladoras de mil caricias con las que le compartiste tu ternura y tu calor humano.
Fueron luminosas mariposas que se alzaron para inculcarle, desde muy pequeño, a relacionarse con Dios mientras volaban entre las cosas de los humanos.
Tus manos supieron poner, en aquel niño pequeño, la atención de las cosas de los humanos y el disfrute de todo lo que dice de las alturas. El cielo, el sol, la luna, el vuelo de los pájaros y la inmensidad de las estrellas.
Todo ello sin perder de vista las tareas de la casa que, en aquel tiempo, eran responsabilidad tuya como mujer. Todo debías realizarlo tú y tus manos jamás se cansaban en el cumplimiento de tus responsabilidades. Eras la primera en comenzar la jornada y la última en poner fin a la misma.
Durante mucho tiempo, tus noches, se vieron en la necesidad de entrecortar tu descanso puesto que el llanto del niño te requería despierta y tus manos estuvieron siempre dispuestas a tomarlo y hacerle volver al sueño.
Tus manos aprendieron el tamaño justo de la leña que debías cortar para la cocina. Supieron del tiempo que necesitabas para barrer y ordenar la casa donde se construía tu familia. Aprendieron de la cantidad justa de agua que se necesitaba par llenar los cántaros que, mañana a mañana, llenabas en la fuente del pueblo.
Pese a toda esa actividad diaria, tus manos siempre tuvieron espacio para tiempo y delicadeza para brindárselas a tu hijo. Fueron el primer remedio cuando algún golpe supo arrancarle algo de sangre y algún llanto, cosas propias de alguna herida.
Fueron la última caricia cuando sus ojos niños se cerraban de algún sueño que le ganaba por cansancio.
Tus manos se hicieron grandes en base a tareas cumplidas y ternuras regaladas.
Fueron tus manos las que volaban generosas en ayuda de alguien necesitado de algo. Muchas veces amasaron pan para repartirlo entre los pobres. En oportunidades supieron multiplicar la comida para que alguien pudiese tener, para gustar, un plato de comida caliente.
Cuando tus manos se hicieron grandes de entrega y solidaridad, tus manos se crisparon de dolor y comunión, cuando escuchabas los goles que decían estaban clavando las de tu hijo al madero de la cruz.
Podría seguir, María, pero, déjame contemplarlas un algo más y perderme en su grandeza.