Por Carlos Silva
Durante demasiado tiempo nos acostumbramos a escuchar que Salto estaba detenida, que había perdido dinamismo y que el ánimo colectivo parecía apagarse lentamente. Ese clima de resignación, silencioso pero persistente, fue calando en la vida cotidiana y generó una sensación de estancamiento difícil de revertir. Cuando una comunidad deja de creer en su propio potencial, el pesimismo comienza a naturalizarse y la esperanza parece convertirse en un recuerdo lejano.
Sin embargo, en los últimos meses algo distinto comenzó a percibirse distinto. No se trata solo de percepciones ni de discursos optimistas, es la evidencia concreta de una ciudad que vuelve a moverse, que recupera su energía y que empieza a reencontrarse consigo misma. Los pequeños gestos, las mejoras visibles y la presencia activa en los espacios públicos están reconstruyendo la confianza ciudadana.
El reciente Carnaval fue una muestra clara de ello. Las familias volvieron a apropiarse de los espacios públicos, los vecinos compartieron la alegría en comunidad y la ciudad recuperó esa esencia festiva que forma parte de su identidad cultural. Niños jugando, adultos compartiendo, espectáculos convocantes y un clima de convivencia sana devolvieron a nuestras calles la vida que nunca debió perderse. Cuando los espacios se llenan de personas, también se fortalece el tejido social y se reconstruye el sentido de pertenencia.
A esta energía social se sumó una temporada turística que dejó señales alentadoras. Las termas colmadas de visitantes, el movimiento constante en hoteles y restaurantes y la presencia de turistas recorriendo la ciudad mostraron que Salto vuelve a ser un destino elegido. Quienes llegaron encontraron una ciudad más ordenada, más limpia y con una renovada actitud de servicio. Y quienes vivimos aquí sentimos, con legítimo orgullo, que nuestra ciudad vuelve a ser sinónimo de hospitalidad, descanso y calidad de vida.
Lo más significativo es que muchos de estos cambios no surgieron de grandes anuncios ni de obras monumentales. En numerosos casos bastó con voluntad, con poner cariño en la tarea, con atender los detalles y con comprender que gobernar también implica cuidar lo cotidiano. La iluminación que funciona, los espacios limpios, el mantenimiento permanente, la presencia en territorio y el respeto por el vecino generan un impacto inmediato en la percepción colectiva. Los salteños lo ven. Los turistas lo perciben. Y ambos lo valoran.
Cuando una ciudad transmite orden, calidez y esperanza, se genera un círculo virtuoso, llegan más visitantes, se fortalece el comercio local, se multiplican las oportunidades laborales y crece la confianza en el futuro. Ese cambio de ánimo colectivo, muchas veces intangible pero profundamente real, es uno de los motores más poderosos del desarrollo.
Pero también es necesario comprender que esto no es un punto de llegada. Es apenas el comienzo. Recuperar el orgullo por nuestra ciudad implica sostener el rumbo, profundizar los cambios y consolidar una cultura de cuidado y responsabilidad compartida. Cada vecino, cada comerciante, cada institución tiene un papel en esta nueva etapa.
Salto vuelve a ponerse de pie. Vuelve a mirarse con optimismo. Vuelve a confiar en su potencial. Y cuando una comunidad recupera la esperanza, todo lo demás empieza a ser posible.
Miércoles 18 de Febrero, 2026 164 vistas