Por el Padre Martín Ponce De León
Poco a poco van apareciendo, en diversos lugares, pesebres productos de la creatividad de los diversos autores.
Allí podemos encontrarnos, desde la visión de los constructores, con un trozo trascendente de nuestra historia. Por más que se intente ponerle toques de realidad no se hace otra cosa que permitir a nuestra imaginación un vuelo que, imposible saberlo, nos ayude recordar un acontecimiento del que tenemos muy escasos detalles.
Los relatos evangélicos son muy parcos en detalles que nos ayuden a acercarnos, lo más posible, a lo que realmente sucedió.
El relato evangélico nos habla de “un pesebre” y, por lo tanto, de un espacio donde guardaban y comían los animales. Un espacio que tenía garantizado el calor proporcionado por los animales y la presencia de muy diversos olores que esos mismos animales dejaban en el lugar.
Un espacio que se encontraba en el piso inferior de las casas para que pudiese cumplir con una doble función. Por un lado, cobijar el ganado en las noches frías del invierno y, por otro, brindar calor al piso superior. Un calor que subía acompañado de sonidos y de aromas intensos y penetrantes.
No es sencillo, para nuestra mentalidad, lograr acercarnos a aquello de que, desde su mismo comienzo histórico, “no había lugar para Él”.
En Navidad nos encontramos con las grandes líneas que nos muestran lo que sería el posterior actuar de Jesús. Por ello es que nos resulta muy difícil poder representar, con sencillas imágenes, todo un estilo de vida y una opción radical. Por más que busquemos hacer un sencillo pesebre, estaremos poniendo notas de ternura y delicadeza que se mezclan con poesía y romanticismo.
Nuestros pesebres son, siempre, mucho más bonitos que lo que debe haber sido aquel primer pesebre donde, por primera vez, pudo escucharse la voz de Jesús hecha llanto de recién nacido.
Resulta muy difícil de plasmar, con algunos adornos, la realidad que, en aquella primera navidad, se vivía. La pobreza de los humanos y la ternura del amor de Dios irrumpiendo en nuestra historia.
No es fácil lograr transmitir todo lo que, en aquel pesebre, se entrelazaba y plasmaba definitivamente. La soledad del momento para aquel niño recién nacido y la cercanía de Dios hecho uno como nosotros.
Todas nuestras imágenes tiesas no permiten poder mostrar la fuerza vital de aquel momento donde nuestra historia se transforma puesto que se colma de la vida de Dios y de su poder que todo lo modifica.
Nuestros pesebres trascienden la realidad de un adorno o de un elemento decorativo. Debe ser un punto de referencia de una actitud interior que manifiesta esos niveles de nuestro existir entrecruzados con la acción de Dios entre nosotros. Debe ser un recordatorio sencillo y elocuente de lo nuestro transformado por la irrupción de amor de Dios en nuestro cotidiano.
Un pesebre debería ser un espacio que nos permite un instante de oración, porque recordándonos que Dios asumió lo nuestro, lo transformó haciéndolo instrumente que nos permite llegar a Él.
Nunca será cercano al primer pesebre puesto que de él carecemos de detalles, pero, siempre, será un algo que nos ayuda a tener presente que Navidad es un algo que ocupa un espacio en nuestra vida y se hace detalle de amor que podemos brindar a otros.
Sábado 13 de Diciembre, 2025 215 vistas