Por el Dr. Gastón Signorelli
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En los últimos años, el término burnout comenzó a instalarse con fuerza en conversaciones cotidianas, consultas médicas y también en el ámbito laboral. Muchas veces se lo reduce a la idea de “estar cansado”, pero en realidad describe un estado de agotamiento mucho más profundo, que combina desgaste físico, emocional y mental provocado por el trabajo.
A diferencia del cansancio habitual, el burnout no desaparece con un buen descanso ni con un fin de semana libre. Se va instalando de forma progresiva, casi imperceptible al principio, hasta que la persona empieza a sentir que ya no puede sostener el ritmo. Lo que antes era rutina se vuelve pesado, lo que antes motivaba deja de tener sentido, y aparecen síntomas como irritabilidad, falta de concentración o una sensación constante de saturación.
Uno de los problemas más frecuentes es que este proceso suele normalizarse. Vivimos en una cultura donde el exceso de trabajo muchas veces se valora, donde “estar siempre ocupado” parece ser sinónimo de compromiso. Sin embargo, cuando el esfuerzo es continuo y no tiene pausas reales termina generando efectos completamente contrarios, menos productividad, más errores y, en muchos casos, conflictos laborales.
Desde la práctica profesional, cada vez es más común ver situaciones donde el desgaste acumulado impacta directamente en el trabajo. Aumentan las licencias, las tensiones en los equipos y la dificultad para sostener vínculos laborales sanos. Esto no solo afecta a los trabajadores, sino también a las empresas, que enfrentan problemas de organización, rotación de personal y pérdida de eficiencia.
El burnout no distingue roles. Puede afectar a un empleado, a un profesional independiente o a quien tiene la responsabilidad de dirigir un negocio. De hecho, muchas veces quienes están al frente de una empresa cargan con niveles de presión que también terminan pasándoles factura.
Hablar de este tema no implica promover menos trabajo, sino mejores condiciones para trabajar. Implica reconocer límites, ordenar las cargas y entender que el descanso no es un lujo, sino una necesidad. Porque cuando el trabajo deja de ser sostenible, las consecuencias no tardan en aparecer.
Y prevenir, en este caso, siempre es mucho más efectivo que intentar corregir cuando el desgaste ya es total.
Entender este fenómeno es el primer paso para abordarlo. El desafío, ahora, es empezar a preguntarnos qué podemos hacer -desde nuestro lugar- para evitar que el trabajo deje de ser sostenible. Porque si el problema ya es visible, lo que sigue es aprender a prevenirlo.
Jueves 19 de Marzo, 2026 199 vistas