Por el Padre Martín Ponce De Léon
La tarea era, relativamente sencilla, puesto que era mirarnos a nosotros mismos y dejar volar nuestra imaginación. Para ayudarnos se nos había presentado diversas posibilidades: una catedral, un galpón de abastecimiento, un nido de hornero, una tapera, una casa común, un retrete y no recuerdo si alguna sugerencia más.
Debíamos mirar nuestra realidad sacerdotal y buscar con qué casa la podíamos identificar. Era una tarea individual que, luego debíamos compartir con algún otro de los presentes en la reunión.
Rápidamente una imagen acudió a mi mente. Reiteradamente las había visto y, siempre he experimentado una suerte de atracción por ellas. Me resultaba muy sencillo identificar mi sacerdocio con cada una de ellas.
Si bien cada una de ellas posee una cierta similitud con las demás, cada una posee algún detalle que la hacer ser distinta y, por lo tanto, original.
Los materiales se repiten, maderas, chapas, algún nylon y algo de cartón. Todas podrían ser iguales, pero no responden a una cooperativa de viviendas. Son, nada más, que las viviendas precarias de algún asentamiento.
No precisan de líneas divisorias ya que son parte de un mismo emprendimiento, pero, cada una de ellas mantiene su distancia con las viviendas vecinas.
Se levantan, movidas por la prisa de responder a una necesidad, casi como una única pieza a la que, luego, habrán de añadirles divisiones interiores para convertirlas en una vivienda precaria.
Cada una de ellas, generalmente, guardan el sueño de convertirla en una realidad distinta porque más digna. Todo conserva el aroma a transitoriedad y futuro mejor.
Mientras tanto, los días y los meses pasan, mientras se van viendo, en algunas casas, pequeñas mejoras, pequeños progresos. Alguna pared interior, algún piso, algún detalle en el frente. No responden, las pequeñas mejoras, a la pérdida de lo provisorio del lugar o a el abandono de los sueños de una vivienda más digna, responden, los mismos, a ese instinto de superación que se conserva vigente.
Las ventanas son pocas ya que las mismas no tienen como función el permitir la entrada de aire, sino, más bien, a un algo que permita la entrada de luz. El aire entra por algunos de los muchos huecos que existen entre las tablas de las paredes laterales. Huecos que, según las posibilidades, se tapan con cartones o nylon.
Una realidad que es muy frecuente es encontrarse con la puerta de ingreso ofreciendo dificultades para ser cerrada correctamente. En oportunidades debe ser levantada para que se abra sin quedar atorada en el suelo o para que no raspe demasiado al arrastrare sobre el piso. En oportunidades, para cerrar correctamente o para abrir, debe utilizarse un golpe fuerte. Es, por ello, que, muchísimas veces, queda abierta o apenas entornada.
Muchas veces, las puertas abiertas o entornadas, no son un gesto de confianza barrial sino una manifestación de la precariedad de la construcción.
Así es, un algo, la imagen que vino a mi imaginación cuando debí representar, imaginariamente, mi sacerdocio. Era la mejor casa con la que me podía identificar.
En la compartida me debí explayar justificando mi elección, pero, ello no lo voy a realizar ahora salvo para decir que experimento mi sacerdocio como una realidad precaria y en proceso de construcción. Una realidad con huecos (fallas) que debo solucionar de la mejor manera posible. Una realidad con esos toques particulares que lo hacen original y en constante transformación interior.
Sábado 14 de Marzo, 2026 43 vistas