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Martes 16 de Junio, 2026 145 vistas

Salto con altos niveles de informalidad laboral sobre todo en jóvenes y mujeres

Por Enrique Henderson 
Las frías estadísticas oficiales del Instituto Nacional de Estadística acaban de descorrer el velo de una realidad que los salteños respiran en cada esquina, en cada chacra y en cada comercio de barrio. Detrás de los promedios nacionales que se festejan en las oficinas de Montevideo, el litoral norte exhibe una herida estructural que no para de sangrar. Salto no solo padece una de las desocupaciones más presentes de la región, sino que se consolida como un territorio donde tener un trabajo ya no es garantía de dignidad, sino una estrategia desesperada de supervivencia al margen de toda ley y protección social.
INFORME
El último Informe de Caracterización de los Puestos de Trabajo e Informalidad expone una brecha territorial que divide al Uruguay en dos realidades irreconciliables. Mientras la capital y la zona metropolitana consolidan niveles de registro estables, los departamentos de la frontera norte se hunden en un fango de precariedad. En Salto, la tasa de informalidad araña niveles alarmantes, consolidando una tendencia histórica donde casi cuatro de cada diez trabajadores activos se encuentran completamente desamparados por el sistema de seguridad social, careciendo de aportes jubilatorios, cobertura médica mutual o seguro de desempleo.
LA TRAMPA DEL DÍA A DÍA
El núcleo duro de este flagelo no se encuentra en las oficinas públicas ni en las grandes empresas agroindustriales que logran sostener sus estructuras bajo la lupa fiscalizadora. El verdadero motor de la precariedad salteña late en el cuentapropismo descorazonador. Miles de hombres y mujeres de nuestro departamento se vuelcan diariamente a las calles a inventarse el sustento bajo la figura del trabajador por cuenta propia sin local. En este sector, los números oficiales dejan de ser abstractos para transformarse en un drama humano aterrador: la informalidad supera holgadamente el sesenta y cinco por ciento.
CONTENCIÓN SOCIAL
Para este universo de trabajadores independientes, el concepto de aguinaldo, salario vacacional o licencia médica pertenece a una mitología lejana. El peón que ofrece sus servicios de mantenimiento de manera ambulatoria, la costurera de barrio o el vendedor callejero se enfrentan a la realidad de que si un día no se trabaja, ese día no se come. Las redes de contención social no existen para ellos, atrapados en un círculo vicioso de subsistencia inmediata que erosiona cualquier posibilidad de planificación o progreso económico a largo plazo.
EL SURCO DE LA PRECARIEDAD
La matriz económica de Salto, profundamente ligada a la producción citrícola, hortícola y ganadera, funciona como un arma de doble filo. Si bien el sector agropecuario es el gran motor productivo de la región, sus dinámicas intrínsecas profundizan las asimetrías laborales. El empleo zafral introduce una flotabilidad compleja en los registros. Durante los picos de cosecha, cientos de cosechadores, jornaleros y fleteros ingresan a esquemas de contratación rápida que muchas veces esquivan el registro del Banco de Previsión Social.
JUVENTUD Y GÉNERO EN EL LITORAL
Si la informalidad general en la región ya es un dato que debería encender las alarmas de los planificadores políticos, el desglose demográfico es directamente preocupante. El mercado de trabajo salteño castiga con especial dureza a sus sectores más vulnerables: los jóvenes que intentan insertarse en la vida productiva y las mujeres jefas de hogar. Las tasas de informalidad en los menores de veinticinco años duplican la media general, superando el cuarenta y cinco por ciento en los tramos de menor experiencia. Las mujeres salteñas enfrentan barreras invisibles pero implacables.