Por el Dr. César Suárez
Hay historias que ya vienen contadas en las múltiples publicaciones que están disponible por miles o millones en los estantes de las librerías, de las bibliotecas y en la WEB, algunas escritas hace muchísimo tiempo, mucho antes de cualquiera de nosotros haya nacido, relatos cuyos autores ya no están vivos pero que en su momento le pusieron su impronta, su interpretación, sus sentimientos, su filosofía, su ideología y hasta sus deseos de que las cosas hubiesen sido tal como ellos deseaban.
Por todas estas razones, una misma historia real podía tener innumerables versiones acerca de un mismo acontecimiento vinculadas a las fuentes y a la forma de ver las cosas. Más tarde, venían las interpretaciones de los nuevos autores acerca de los que ellos creían que aquellos habían querido decir. Con tantas idas y venidas, la verdadera historia de lo que realmente sucedió, tiende a desdibujarse y a veces hacerse confusas con nuevas y múltiples versiones.
La historia escrita de nuestra humanidad tiene unos escasos miles de años, pero suficientes como para superar largamente el trayecto de vida de una persona, pero cada persona a su vez, tiene su historia y obviamente, relatos de primera mano, más, cuando ha logrado sobrevivir varias décadas.
Yo mismo conviví con mis dos abuelos por varios años que habían nacido en 1890 y 1891 (tendrían hoy, más de 130 años) y tuve ahí relatos de primera mano de la antigua historia del Uruguay de entonces, tan diferente al que vivimos hoy, pero en el día de hoy, quiero trasmitirle un relato, también de primera mano, más contemporáneo pero que hace la historia de nuestro Salto.
En una oportunidad, hace casi 25 años, fui a visitar en domicilio a una paciente, cuando llegué, estaba sola y me gritó desde adentro que entrara que la puerta estaba sin llave, al traspasar el umbral, veo a una señora delgada, de estatura pequeña, pero de aspecto vital, de pie, parada en el centro de la sala, apoyada en un andador.
¿Qué le pasó que anda con andador? fue lo primero que le pregunté, e inmediatamente me contestó, me quebré la cadera y estoy operada y ¿por qué está sola? Y porque vivo sola me contestó. Pero, usted ¿Qué edad tiene? Y muy suelta de cuerpo me contestó, cien, ¿Cómo cien?, contesté con asombro y ella me replicó, cien años, ¿de qué se asombra? Me asombro que tenga cien años y más me asombro de que viva sola.
A los pocos minutos llegó el hermano de 89 que vivía en una casa cercana y era quien le hacía los mandados.
Del motivo de consulta, no me acuerdo, lo que si me acuerdo, que movido por mi curiosidad le pedí que me contara como era Salto en su niñez y juventud y ella, con la memoria intacta me relató que había nacido en 1901, que su familia vivía en el entorno de la Plaza de las Carretas lugar donde arribaban los frutos de la campaña, (hoy Plaza de los Deportes) y que cuando tenía 3 años fue testigo de la guerra de 1904y que hasta allí llegó el ejercito de los blancos decomisando caballos e insumos para la tropa e intentando captar jóvenes para sumar a su ejército. Desde ahí hostigaban al ejército del partido colorado cuyo cuartel, según lo que me contó, estaba donde hoy es el Colegio Vaz Ferreira. Me dijo que ellos salvaron un caballo escondiéndolo en una habitación.
Lo que más me asombró fue cuando me contó que en esa época, para llegar desde la Plaza de las Carretas a la ciudad, había que atravesar una extensa zona de campo donde no había casas y los caminos eran precarios.
Con cada uno de estos pedacitos se arma la historia que ha generado la esencia de lo que ahora somos, que a mí me apasionan y que nunca debiéramos olvidar para saber estar identificados con nuestras raíces.
Domingo 07 de Diciembre, 2025 239 vistas